Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T

Vicente Morales Pérez

El 17 de octubre de 1953 México dio un paso que hoy parece elemental, pero que durante décadas fue negado: reconoció plenamente el derecho de las mujeres a votar y ser electas en los procesos federales. Aquella reforma constitucional no fue solamente una modificación jurídica. Representó el reconocimiento de que no podía existir una democracia completa mientras millones de mexicanas permanecieran excluidas de las decisiones políticas de su país.

Detrás de aquella conquista hubo años de lucha. Mujeres de distintas generaciones participaron en movimientos sociales, escribieron, enseñaron, organizaron comunidades y defendieron una idea que hoy resulta indiscutible: la ciudadanía no puede depender del género.

El 3 de julio de 1955, las mujeres mexicanas acudieron por primera vez a las urnas en una elección federal. Cada voto representaba entonces mucho más que una preferencia política. Era la materialización de un derecho conquistado y el inicio de una transformación que tardaría décadas en alcanzar nuevas dimensiones.

Desde entonces, México ha recorrido un largo camino. Primero conquistamos el sufragio. Después avanzamos hacia una mayor representación política. Llegaron las cuotas de género, la paridad constitucional en las candidaturas legislativas y posteriormente la llamada “Paridad en Todo”, que amplió este principio hacia distintos espacios del poder público.

Hasta llegar a un hecho que tiene un enorme significado histórico: México es gobernado hoy, por primera vez, por una mujer. La llegada de una mujer a la Presidencia de la República representa una imagen que permite dimensionar cuánto ha cambiado nuestro país desde aquel octubre de 1953. Significa que millones de niñas mexicanas pueden crecer sabiendo que ninguna responsabilidad pública debería estar fuera de su alcance por el hecho de ser mujeres.

Sin embargo, reconocer lo avanzado también nos obliga a observar lo que falta. La igualdad no puede agotarse en alcanzar determinados porcentajes de representación. Una democracia verdaderamente paritaria requiere que las mujeres puedan ejercer el poder en condiciones de libertad, respeto y seguridad; participar en las decisiones; competir sin desventajas y desarrollar sus responsabilidades sin enfrentar violencia o discriminación por razones de género.

Ese es uno de los desafíos de nuestro tiempo. Porque las leyes pueden modificarse mediante una votación; las prácticas culturales requieren transformaciones mucho más profundas. Todavía encontramos mujeres cuestionadas de manera diferente por su apariencia, su edad, su familia o su vida privada. Persisten expresiones de violencia política y nuevas formas de agresión que han encontrado en las redes sociales y en el entorno digital espacios para reproducirse. Por ello, la siguiente etapa debe ser la de la igualdad sustantiva.

No se trata de enfrentar a mujeres contra hombres. Se trata de construir una sociedad en la que ninguna persona encuentre cerradas las puertas de la educación, del trabajo, de la representación política o del servicio público por razones ajenas a su capacidad.

Una visión humanista de la política comienza precisamente por reconocer la dignidad de cada persona.

Por eso la igualdad también se construye lejos de los congresos y de los gobiernos. Comienza en nuestras familias cuando enseñamos a nuestras hijas que pueden aspirar a cualquier responsabilidad y educamos a nuestros hijos para comprender que mujeres y hombres poseen la misma dignidad y los mismos derechos. Se fortalece en las escuelas, en los centros de trabajo, en las comunidades y en las instituciones.

Y también debe reflejarse en nuestras leyes. Quienes tenemos una responsabilidad pública debemos entender que los derechos conquistados por generaciones anteriores no son un punto de llegada. Nuestra obligación consiste en protegerlos, ampliarlos y convertirlos en realidades cotidianas.

El 17 de octubre nos permite recordar, además, una extraordinaria lección política: muchas de las mujeres que comenzaron esta lucha sabían que probablemente no alcanzarían a disfrutar todos sus resultados. Lucharon por quienes vendrían después. Esa capacidad de pensar más allá de una generación debería inspirar también nuestra manera de ejercer la política. Las grandes transformaciones no siempre terminan durante el periodo de quienes las comienzan. Algunas requieren décadas para madurar.

Hace 73 años, México abrió definitivamente las urnas federales a las mujeres. Hoy el desafío es mucho mayor: abrir plenamente todos los espacios donde se decide el futuro de nuestra sociedad. Que ninguna niña crezca creyendo que existen responsabilidades que no puede desempeñar. Que ninguna mujer tenga que demostrar dos veces su capacidad para recibir la mitad del reconocimiento. Que ninguna mexicana tenga que enfrentar violencia por decidir participar en los asuntos públicos de su comunidad.

Recordar el 17 de octubre significa reconocer a quienes comenzaron aquella lucha, pero también preguntarnos qué parte de esa historia nos corresponde escribir. Porque la democracia mexicana no se hizo más fuerte únicamente cuando las mujeres pudieron votar.

Se hizo más grande cuando comenzaron a decidir. Y será verdaderamente igualitaria cuando participar, dirigir, legislar o gobernar siendo mujer deje de considerarse excepcional y se entienda simplemente como lo que siempre debió ser: el ejercicio pleno de la ciudadanía.

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Por Pulso-Red

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